Domingo 3 de Abril- (Jn 14, 1-12)
Hay en la vida momentos de verdadera sinceridad en que surgen de nuestro
interior, con lucidez y claridad desacostumbradas, las preguntas más decisivas:
en definitiva, yo ¿en qué creo?, ¿qué es lo que espero?, ¿en quién apoyo mi
existencia?
Ser cristiano es, antes que nada, creerle a Cristo. Tener la suerte de
habernos encontrado con él. Por encima de toda creencia, fórmula, rito o
ideologización, lo verdaderamente decisivo en la experiencia cristiana es el
encuentro con Jesús, ir descubriendo por experiencia personal, sin que nadie
nos lo tenga que decir desde fuera, toda la fuerza, la luz, la alegría, la vida
que podemos ir recibiendo de Cristo, poder decir desde la propia experiencia
que Jesús es «camino, verdad y vida».
En primer lugar, descubrirlo como camino. Escuchar en él la invitación a
caminar, avanzar siempre, no detenernos nunca, renovarnos constantemente,
ahondar en la vida, construir un mundo justo, hacer una Iglesia más evangélica,
apoyarnos en Cristo para andar día a día el camino doloroso y al mismo tiempo
gozoso que va desde la desconfianza a la fe.
En segundo lugar, encontrar en Cristo la verdad. Descubrir desde él a Dios
en la raíz y en el término del amor que los seres humanos damos y acogemos.
Darnos cuenta, por fin, que la persona solo es humana en el amor. Descubrir que
la única verdad es el amor, y descubrirlo acercándonos al ser concreto que
sufre y es olvidado.
En tercer lugar, encontrar en Cristo la vida. En realidad, las personas
creemos a aquel que nos da vida. Por eso, ser cristiano no es admirar a un
líder ni formular una confesión sobre Cristo. Es encontrarnos con un Cristo
vivo y capaz de hacernos vivir.
Jesús es «camino, verdad y vida». Es otro modo de caminar por la vida, otra
manera de ver y sentir la existencia, otra dimensión más honda, otra lucidez y
otra generosidad, otro horizonte y otra comprensión, otra luz, otra energía,
otro modo de ser, otra libertad, otra esperanza, otro vivir y otro morir.