Domingo 16 de marzo -(Lucas 9, 28-36)
El hombre moderno comienza
a experimentar la insatisfacción que produce en su corazón el vacío interior,
la trivialidad de lo cotidiano, la superficialidad de nuestra sociedad, la
incomunicación con el Misterio.
Son bastantes los que, a veces de manera vaga y
confusa, otras de manera clara y palpable, sienten una decepción y un
desencanto inconfesable frente a una sociedad que despersonaliza a las
personas, las vacía interiormente y las incapacita para abrirse al Trascendente.
La trayectoria seguida por la humanidad es fácil de
describir: ha ido aprendiendo a utilizar con una eficacia cada vez mayor el
instrumento de su razón; ha ido acumulando un número cada vez mayor de datos;
ha sistematizado sus conocimientos en ciencias cada vez más complejas; ha
transformado las ciencias en técnicas cada vez más poderosas para dominar el
mundo y la vida.
Este caminar apasionante a
lo largo de los siglos tiene un riesgo.
Inconscientemente hemos terminado por creer que la razón nos llevará a la liberación
total. No aceptamos el Misterio. Y, sin embargo, el Misterio está presente en
lo más profundo de nuestra existencia.
El ser humano quiere conocer
y dominar todo. Pero no puede conocer y dominar ni su origen ni su destino
último. Y lo más racional sería reconocer que estamos
envueltos en algo que nos trasciende: hemos de movernos humildemente en un
horizonte de Misterio.
En el mensaje de Jesús hay una invitación escandalosa
para los oídos modernos: no todo se reduce a la razón. El ser humano ha de aprender a vivir ante el
Misterio. Y el Misterio tiene un nombre: Dios, nuestro «Padre», que nos acoge y
nos llama a vivir como hermanos.
Quizá nuestro mayor problema
sea habernos incapacitado para orar y dialogar con un Padre. Estamos huérfanos y no acertamos a entendernos como hermanos. También
hoy, en medio de nubes y oscuridad, se puede oír una voz que nos sigue
llamando: «Este es mi hijo… Escuchadlo».