Domingo 20
de julio– (Lucas 10, 38-42)
Casi sin darnos cuenta, las actividades de cada día
van modelando nuestra manera de ser. Si no somos capaces de vivir desde dentro,
los acontecimientos cotidianos tiran de nosotros y nos llevan de un lado para
otro, sin otro horizonte que la preocupación de cada día. Por eso es bueno que
escuchemos las palabras de Jesús a aquella mujer tan activa y trabajadora:
«Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas, y solo una es necesaria».
Agitados por tantas ocupaciones y preocupaciones,
necesitamos tomarnos de vez en cuando un tiempo de descanso para sentirnos de
nuevo vivos. Pero necesitamos además pararnos y encontrar el sosiego necesario
para recordar de nuevo «lo
importante» de la vida.
Las vacaciones tendrían para nosotros un contenido
nuevo y enriquecedor si fuéramos capaces de responder a estas dos sencillas
preguntas: ¿cuáles son las pequeñas cosas de la vida que la falta de sosiego,
de silencio y de oración han agrandado indebidamente hasta llegar a matar en mí
el gozo de vivir?, ¿cuáles
son las cosas importantes a las que he dedicado poco tiempo, empobreciendo así
mi vida diaria?
En el silencio y la paz del descanso podemos
encontrarnos más fácilmente con nuestra propia verdad, pues volvemos a ver las cosas tal como son. Y podemos también encontrarnos con Dios para descubrir en él no solo la
fuerza para seguir luchando, sino también la fuente última de la paz.
«No necesito aferrarme a mí, puesto que soy sostenido.
No necesito cargar con el peso, porque soy soportado. Puedo salir de mí mismo y entregarme».
Cuando somos capaces de encontrar en Dios nuestro
descanso y nuestra paz interior, la vacación se convierte en gracia. Tal vez una de las mayores gracias que podemos
recibir en medio de nuestra vida tan agitada y nerviosa.