Domingo 15 de marzo – (Juan 9,1-41)
Hay un rasgo que define a Jesús y configura toda su actuación: su voluntad
de vivir en la verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin
engañarse ni engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un
hombre así. Jesús no solo dice la
verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de que la verdad
humaniza a todos.
Por eso no tolera la mentira o el encubrimiento.
No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay
en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su
honradez con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá
en «voz de los sin voz.
Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con
autoridad porque habla desde la verdad. No
necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No
necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes,
sino contra los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera
injusta.
Jesús invita a buscar la verdad. No habla como
los fanáticos, que la imponen, ni como los funcionarios, que la «defienden» por
obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y soberanía.
Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo percibe
enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo y con lo
mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.
Cuando este hombre habla de un Dios que quiere una vida digna para los más
desgraciados e indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante
interesado por su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de
su bienestar espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para
quienes la quieran acoger.
Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a
ver la verdad.