Domingo 13 de
Julio- (Lc 10, 25-37)
No es necesario un análisis muy profundo
para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las
personas que pueden turbar nuestra tranquilidad. Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan
molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por
quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores.
Se diría que vivimos en actitud de
guardia permanente ante quien puede amenazar nuestra felicidad. Y, cuando no
encontramos otra manera mejor de justificar nuestra huida ante personas que nos
necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que «estamos muy ocupados».
Qué actualidad cobra la «parábola del
samaritano» en esta
sociedad de hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan
tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones.
Según Jesús, solo hay una manera de «ser
humano». Y no es la del sacerdote o el levita, que ven al necesitado y «dan un
rodeo» para seguir su camino, sino la del samaritano, que camina por la vida
con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede
necesitar su ayuda.
Cuando escuchamos sinceramente las
palabras de Jesús, sabemos que nos está llamando –a pasar de la
hostilidad– a la hospitalidad. Sabemos
que nos urge a vivir de otra manera, creando en nuestra vida un espacio más
amplio para quienes nos necesitan. No podemos escondernos detrás de «nuestras
ocupaciones» ni refugiarnos en hermosas teorías.
Quien ha comprendido la fraternidad
cristiana sabe que todos somos «compañeros de viaje» que compartimos la misma
condición de seres frágiles que nos necesitamos unos a otros. Quien vive atento
al hermano necesitado que encuentra en su camino descubre un gusto nuevo a la
vida. Según Jesús, «heredará vida eterna».