Domingo 2 de Marzo – (Lc 6, 39-45)
Los domingos anteriores, el evangelio de Lucas
presentó a Jesús explicándole a sus discípulos en qué consiste el programa del reino de Dios. En el evangelio de hoy, Jesús sigue dirigiéndose a sus discípulos para
mostrarles, con tres breves parábolas, las actitudes que han de vivir. La intencionalidad de Lucas es que este mensaje llegue a las comunidades
y, especialmente, a los dirigentes.
Las parábolas son bastante claras y no suponen
demasiada explicación. La primera se refiere a los discípulos que han de aprender de su maestro
y solo, cuando estén instruidos, podrán hablar con autoridad. Parece que algunos se atrevían a actuar como maestros sin tener la
suficiente preparación, de ahí que Jesús les pregunte si “un ciego puede guiar
a otro ciego”. En realidad, esto sucede también en nuestro presente,
cuando algunos, sin la preparación
suficiente o sin la actualización que exigen los signos de los tiempos, siguen
apegados a tradicionalismos o fundamentalismos que no dicen nada a los jóvenes
de hoy y no permiten mostrar una fe más significativa para nuestro presente.
La segunda parábola se refiere a aquellos que ven todas las carencias en los demás y no se
dan cuenta de sus propias limitaciones e, incluso, de sus propios pecados. La parábola los compara con quienes ven en los demás “vigas” y en sí
mismo solo ve “pelusas”, cuando en realidad, puede ser todo lo contrario. Es una llamada a la comprensión y misericordia
hacia los demás, actitudes que surgen cuando hay humildad suficiente para
saberse limitado y con necesidad de mejorar, como todos los demás.
La tercera parábola, valiéndose de la comparación
con el árbol que da buenos
frutos, llama a reconocer que estos frutos solo pueden provenir
de un árbol sano. Así es el
corazón humano. Da los frutos de lo que hay en él. Si
tiene amor, dará amor, si tiene odio, dará odio. De ahí la importancia de la propia autenticidad
para que nuestra vida de los frutos propios de quienes viven el bien y la
bondad.
El evangelio de hoy, por tanto, es interpelante para las comunidades cristianas,
las cuales han de ser espacios de crecimiento mutuo, con humildad y
consideración, buscando ser personas buenas y verdaderas para dar los frutos propios de quienes viven el
programa del reino de Dios anunciado por Jesús.