Domingo de Ramos – (Mateo 26,14–27,66)
Estamos tan familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa
impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Por eso es
bueno recordar algunos aspectos demasiado
olvidados del Crucificado.
Empecemos por decir que Jesús
no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción
esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha
muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado,
después de un proceso llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más
influyentes de aquella sociedad.
Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y
solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.
Esto quiere decir que no se
puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino de
Dios, que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo
y la persecución de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la
solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de los poderosos.
Su compromiso por crear una sociedad más justa y
humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida
quedó comprometida. Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni un líder
político, ni un fanático religioso. Fue un hombre en el que se encarnó y se
hizo realidad el amor insondable de Dios a los hombres.
Por eso ahora sabemos cuáles
son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor verdadero
penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de suprimir y
ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y libre.
El evangelio siempre será
perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden por encima de la
fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se
verá obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como
poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda
religión en la que Dios no sea Padre de los que sufren (sacerdotes judíos).
Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la
persecución y hasta la muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida
crucificada, vivida hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera
resurrección.