Domingo 10 de Diciembre- (Mc 1, 1-8)
Para ser humana, a nuestra
vida le falta una dimensión esencial: la interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y
la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestro corazón. Pasamos
rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está
olvidando escuchar la vida con un poco de hondura y profundidad.
El silencio nos podría
curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en
medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu
en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se va a ocupar de cosas tan poco
estimadas hoy como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?
Privados de alimento interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra
alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos,
ocupaciones e ilusiones, pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es
capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un
mundo que ha apostado por «lo exterior», Dios resulta un «objeto» demasiado
lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.
Por ello no es extraño ver que muchos hombres y
mujeres «pasan de Dios», lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido
vivir sin tener necesidad de El. Quizá existe, pero lo cierto es que no les
«sirve» para su vida.
Los evangelistas presentan a
Jesús como el que viene a «bautizar con Espíritu Santo», es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con
la fuerza del Espíritu. Y quizá la
primera tarea de la Iglesia actual sea
precisamente la de ofrecer ese «bautismo de Espíritu Santo» a los hombres y
mujeres de nuestros días.
Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más
íntimo en el ser humano, en el mundo y en la vida. Un
Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de
nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.
No basta que el evangelio sea predicado. Nuestros
oídos están demasiado acostumbrados y no escuchan ya el mensaje de las
palabras. Solo nos puede
convencer la experiencia real, viva, concreta, de una alegría interior nueva y
diferente.
Hombres y mujeres convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior y vacía, cansados ya de casi
todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco
nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y
abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia? ¿Podrán ser nuestras comunidades cristianas un espacio donde vivamos
acogiendo el Espíritu de Dios encarnado en Jesús?