SEGUNDO DOMINGO
DE ADVIENTO Domingo 7 de Diciembre – (Mt 3, 1-12)
Es muy fácil quedarse en la vida «sin
caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de
manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e
instalarnos en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece
del horizonte. Cada vez
interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos hacia Dios?
Tal vez, lo primero sea recuperar «la
humanidad de la religión».
Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador,
celoso solo de su gloria y su poder para abrirnos a un Dios que busca y desea,
desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo
que aplasta y humilla, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas de
hoy volverán a Dios no empujadas por el miedo, sino atraídas por su amor.
Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar
el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas, y
nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no
sabemos hacia dónde orientar nuestra vida. Nos creemos las generaciones
más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en
nuestro corazón para adorar o dar gracias. A Dios nos acercamos cuando nos ponemos a buscar un
espacio nuevo para existir.
Es importante, además, buscar un
«fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta
incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa:
hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento
seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o
en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?
Para recuperar caminos hacia él
necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega no
cuando vivimos agitados y llenos de miedo, sino cuando hacemos silencio. Si la
persona se recoge y queda callada ante Dios, tarde o temprano su corazón
comienza a abrirse.