TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – (Lucas 3,10-18)
A pesar de toda la información que ofrecen los medios
de comunicación se nos hace difícil tomar conciencia de que vivimos en una especie de «isla de la
abundancia», en medio de un mundo en el que más de un tercio de la humanidad
vive en la miseria. Sin embargo, basta volar unas horas en
cualquier dirección para encontrarnos con el hambre y la destrucción.
Esta situación solo tiene un
nombre: injusticia. Y solo admite una explicación: inconsciencia. ¿Cómo nos podemos sentir humanos cuando a pocos kilómetros de nosotros
hay seres humanos que no tienen casa ni terreno alguno para vivir; hombres y
mujeres que pasan el día buscando algo que comer; niños que no podrán ya
superar la desnutrición?
Nuestra primera reacción suele ser casi siempre la
misma: «Pero nosotros, ¿qué
podemos hacer ante tanta miseria?».
Mientras nos hacemos preguntas de este género nos sentimos más o menos
tranquilos. Y vienen las justificaciones de siempre: no es fácil establecer un
orden internacional más justo; hay que respetar la autonomía de cada país; es
difícil asegurar cauces eficaces para distribuir alimentos; más aún movilizar a
un país para que salga de la miseria.
Pero todo esto se viene abajo cuando escuchamos una
respuesta directa, clara y práctica, como la que reciben del Bautista quienes
le preguntan qué deben hacer para «preparar el camino al Señor». El profeta del desierto les responde con genial
simplicidad: «El que tenga dos túnicas que dé una a quien no tiene ninguna; y
el que tiene para comer que haga lo mismo».
Aquí se terminan todas nuestras teorías y
justificaciones. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente no acaparar más de lo que necesitamos mientras
haya pueblos que lo necesitan para vivir. No
seguir desarrollando sin límites nuestro bienestar olvidando a quienes mueren
de hambre. El verdadero progreso no consiste en que una minoría alcance un
bienestar material cada vez mayor, sino en que la humanidad entera viva con más
dignidad y menos sufrimiento.