Domingo 14 de Junio– (Mateo
9,36–10,8)
Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe
con responsabilidad porque se preocupan de cumplir
determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas
leyes morales y unas normas eclesiásticas.
Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente
su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la
fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.
¿Es esto lo único que Jesús quería poner en
marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería
infundir en el corazón de la historia?
Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la
verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad
que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos,
limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».
Nuestra primera tarea también hoy es proclamar
que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la
humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace
solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con
catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a
Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.
«Curar enfermos», es
decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar
el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados
por la dureza despiadada de la vida diaria.
«Resucitar muertos», es
decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su
esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la
voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que
la vida va muriendo poco a poco.
«Limpiar leprosos», es
decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo.
Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.
«Arrojar demonios», es
decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y
pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas,
allí se está anunciando a Dios.