Domingo 12 de
mayo – (Mc 16, 15-20)
El cielo no se puede describir,
pero lo podemos pregustar. No lo
podemos alcanzar con nuestra mente, pero es difícil no desearlo. Si hablamos
del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad, sino para no olvidar el
anhelo último que llevamos en el corazón.
Ir al cielo no es llegar a un lugar,
sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien
oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar,
gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y
belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.
Esta comunión con Dios no será una
experiencia individual. Jesús resucitado nos acompañará. Viéndole a él «veremos» a Dios.
No será Cristo el único mediador de
nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, cada uno de
nosotros nos convertiremos a nuestra manera en «cielo» para los demás. Desde nuestra limitación y finitud
tocaremos el Misterio infinito de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos
de su amor insondable gustándolo en el amor humano.
Qué plenitud alcanzará en Dios la
ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí.
Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto
en la tierra. Pocas
experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos
atraídos por Dios.