Domingo 17 de Noviembre- (Mc 13, 24-32)
Al hombre contemporáneo no le atemorizan ya los
discursos apocalípticos sobre «el fin del mundo». Tampoco se detiene a escuchar
el mensaje esperanzador de Jesús, que, empleando ese mismo lenguaje, anuncia
sin embargo el alumbramiento de un mundo nuevo. Lo que le preocupa es la «crisis ecológica». No se trata solo de una crisis del entorno natural del hombre. Es una
crisis del hombre mismo. Una crisis global de la vida en este planeta. Crisis
mortal no solo para el ser humano, sino para los demás seres animados que la
vienen padeciendo desde hace tiempo.
Poco a poco comenzamos a darnos cuenta de que nos
hemos metido en un callejón sin salida, poniendo en crisis todo el sistema de
la vida en el mundo.
Hoy, «progreso» no es una palabra de esperanza como lo
fue el siglo pasado, pues se teme cada
vez más que el progreso termine sirviendo no ya a la vida, sino a la muerte. La humanidad comienza a tener el presentimiento de que no puede ser
acertado un camino que conduce a una crisis global, desde la extinción de los
bosques hasta la propagación de las neurosis, desde la polución de las aguas
hasta el «vacío existencial» de tantos habitantes de las ciudades masificadas.
Para detener el «desastre» es urgente cambiar de
rumbo. No basta sustituir las tecnologías «sucias» por otras más «limpias» o la
industrialización «salvaje» por otra más «civilizada». Son necesarios cambios
profundos en los intereses que hoy dirigen el desarrollo y el progreso de las
tecnologías. Aquí comienza
el drama del hombre moderno. Las sociedades no se muestran capaces
de introducir cambios decisivos en su sistema de valores y de sentido. Los
intereses económicos inmediatos son más fuertes que cualquier otro
planteamiento. Es mejor desdramatizar la crisis, descalificar a «los cuatro
ecologistas exaltados» y favorecer la indiferencia.
¿No ha llegado el momento de plantearnos las grandes
cuestiones que nos permitan recuperar el «sentido global» de la existencia
humana sobre la Tierra, y de aprender a vivir una relación más pacífica entre
los hombres y con la creación entera?
¿Qué es el mundo? ¿Un «bien
sin dueño» que los hombres podemos explotar de manera
despiadada y sin miramiento alguno o la casa que el Creador nos regala para
hacerla cada día más habitable? ¿Qué es el cosmos? ¿Un material bruto que
podemos manipular a nuestro antojo o la creación de un Dios que mediante su
Espíritu lo vivifica todo y conduce «los cielos y la tierra» hacia su
consumación definitiva?
¿Qué es el hombre? ¿Un ser perdido en el cosmos, luchando desesperadamente contra la
naturaleza, pero destinado a extinguirse sin remedio, o un ser llamado por Dios
a vivir en paz con la creación, colaborando en la orientación inteligente de la
vida hacia su plenitud en el Creador?