Domingo 23 de marzo– (Lucas 13,1-9)
Jesús se esforzaba de muchas maneras en despertar
en la gente la conversión a Dios. Era su
verdadera pasión: ha llegado el momento de buscar el Reino de Dios y su
justicia, la hora de dedicarnos a construir una vida más justa y humana, tal como
la quiere El.
Según el evangelio de Lucas, Jesús pronunció en
cierta ocasión una pequeña parábola sobre una «higuera estéril». Quería desbloquear la actitud indiferente de quienes le escuchaban, sin
responder prácticamente a su llamada. El relato es breve y claro.
Un propietario tiene plantada en medio de su viña una higuera. Durante
mucho tiempo ha venido a buscar fruto en ella. Sin embargo, años tras año, la
higuera viene defraudando sus expectativas. Allí sigue, estéril en medio de la
viña.
El dueño toma la decisión más sensata. La higuera no produce fruto y está
absorbiendo inútilmente las energías del terreno. Lo más razonable es cortarla. «¿Para qué va a ocupar un terreno en balde?».
Contra toda sensatez, el viñador propone hacer todo lo posible para
salvarla. Cavará la tierra alrededor de la higuera, para que pueda contar con
la humedad necesaria, y le echará estiércol, para que se alimente. Sostenida por el amor, la confianza y la
solicitud de su cuidador, la higuera queda invitada a dar fruto. ¿Sabrá
responder?
La parábola ha sido contada para provocar nuestra reacción. ¿Para qué una
higuera sin higos? ¿Para qué una vida estéril y sin creatividad? ¿Para qué un
cristianismo sin seguimiento práctico a Jesús? ¿Para qué una Iglesia sin
dedicación al Reino de Dios?
¿Para qué una religión que no cambia nuestros
corazones? ¿Para qué un culto sin conversión y una práctica
que nos tranquiliza y confirma en nuestro bienestar? ¿Para qué preocuparnos tanto
de «ocupar» un lugar importante en la sociedad si no introducimos fuerza
transformadora con nuestras vidas? ¿Para qué hablar de las «raíces cristianas»
de Europa si no es posible ver los «frutos cristianos» de los seguidores de
Jesús?