Domingo 27 de septiembre- (Mateo
21,28-32)
Jesús conoció una sociedad dividida por barreras
de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos
excluidos del culto; personas «puras» con las que se puede tratar y personas
«impuras» a las que hay que evitar; «prójimos» a los que se debe amar y «no
prójimos» a los que se puede abandonar; hombres «piadosos» observantes de la
ley y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito; personas
«sanas» bendecidas por Dios y «enfermos» malditos que no tienen acceso al
templo; personas «justas» y hombres y mujeres «pecadores».
La actuación de Jesús en esta sociedad resulta
tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la
postura de los grupos fariseos, que evitan todo contacto con impuros y
pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán, donde se
redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.
Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con
publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los
leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente lo llama «amigo de pecadores». Con insistencia provocativa
va repitiendo que «los últimos serán los primeros», y que los publicanos y las
prostitutas van por delante de los escribas y sacerdotes en el camino del reino
de Dios.
¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, pordioseros
y todos los que forman el desecho de la sociedad pueden ser ante Dios los
primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los
afectados por el sida pueden preceder a no pocos eclesiásticos de vida
intachable?
Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y
anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue
siendo realmente vuestro amigo. Vosotros podéis «entender» y acoger el perdón
de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentirse de
nada.
Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os
humillamos, él os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más oscuro
de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación no
estáis abandonados. No hay sitio para
vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis
un lugar privilegiado en el corazón de Dios.