Domingo 27
de Julio – (Lucas 11,1-13)
Del Padrenuestro se ha dicho todo. Es la oración por excelencia. El mejor regalo que nos ha dejado Jesús. La invocación más sublime a
Dios. Y, sin embargo, repetida una y otra vez por los cristianos puede
convertirse en rezo rutinario, palabras que se repiten mecánicamente sin elevar
el corazón a Dios.
Por eso es bueno que nos detengamos de vez en cuando a reflexionar
sobre esta oración en la que se encierra toda la vida
de Jesús. Pronto nos daremos cuenta de que solo la podemos rezar si vivimos con
su Espíritu.
«Padre nuestro» es el primer grito que brota del corazón humano cuando vive habitado no
por el temor a Dios, sino por una confianza plena en su amor creador. Un grito
en plural al que es Padre de todos. Una invocación que nos arraiga en la
fraternidad universal y nos hace responsables ante todos los demás.
«Santificado sea tu Nombre». Esta primera petición no es una más. Es el alma de toda esta oración de
Jesús, su aspiración suprema. Que el «nombre» de Dios, es decir, su misterio
insondable, su amor y su fuerza salvadora se manifiesten en toda su gloria y su
poder. Y esto dicho no en actitud pasiva, sino desde el compromiso de colaborar
con nuestra propia vida a esa aspiración de Jesús.
«Venga tu reino». Que no reinen en el mundo la violencia y el odio destructor. Que reine
Dios y su justicia. Que se adueñe del mundo la verdad. Que se abran caminos a
la paz, al perdón y a la verdadera liberación.
«Hágase tu voluntad». Que no encuentre tanto obstáculo y resistencia en nosotros. Que la
humanidad entera obedezca a la llamada de Dios, que desde el fondo de la vida
invita al ser humano a su verdadera salvación. Que mi vida sea hoy mismo
búsqueda de esa voluntad de Dios.
«Danos el pan de cada día». El pan y lo que necesitamos para vivir de manera digna, no solo nosotros,
sino todos los hombres y mujeres de la Tierra. Y esto dicho no desde el egoísmo
acaparador o el consumismo irresponsable, sino desde la voluntad de compartir
más lo nuestro con los necesitados.
«Perdónanos». El mundo necesita el perdón de Dios. Los seres humanos solo podemos vivir
pidiendo perdón y perdonando. Quien renuncia a la venganza desde una actitud
abierta al perdón se asemeja a Dios, el Padre bueno y perdonador.
«No nos dejes caer en la
tentación». No se trata de las pequeñas tentaciones de cada día,
sino de la gran tentación de abandonar a Dios, olvidar el Evangelio de Jesús y
seguir un camino errado. Este grito de socorro queda resonando en nuestra vida.
Dios está con nosotros frente a todo mal.