Domingo 9 de Febrero- (Lc 5, 1-11)
La culpa como tal no es algo inventado por las
religiones. Constituye una
de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes que aflore el sentimiento religioso se puede advertir en el ser
humano esa sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la
experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.
Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona
asume la responsabilidad de sus actos, lamenta el daño que ha podido causar y
se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de
la culpa forma parte del crecimiento de la persona hacia su madurez.
Pero hay
también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La
persona se encierra en su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha
y suciedad, destruye su autoestima y se anula. El individuo se atormenta, se
humilla, lucha consigo mismo, pero al final de todos sus esfuerzos no se libera
ni crece como persona.
Lo propio del cristiano es
vivir su experiencia de culpa ante un Dios que es amor y solo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor. Esto da a su culpa un
peso y una seriedad absoluta. Pero al mismo tiempo lo libera del hundimiento,
pues sabe que, aun siendo pecador, es aceptado por Dios: en él puede encontrar
siempre la misericordia que salva de toda indignidad y fracaso.
Según el relato, Pedro, abrumado por su indignidad, se
arroja a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un
pecador». La respuesta de Jesús no podía ser otra: «No temas», no tengas miedo
de ser pecador y estar junto a mí. Esta es la suerte del creyente: se sabe
pecador, pero se sabe al mismo tiempo aceptado, comprendido y amado
incondicionalmente por ese Dios revelado en Jesús.