Domingo 10 de mayo- (Jn 14, 15-21)
Una Iglesia formada por cristianos
que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas
recordado de manera rutinaria es una Iglesia que corre el riesgo de irse
extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que
no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.
En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en
nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la
experiencia viva de Jesús. Todos
podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de
manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más
unida a él. ¿Cómo?
Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los
discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le
seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con
ternura especial. Antes de dejarlos quiere hacerles ver cómo podrán vivir
unidos a él, incluso después de su muerte.
Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de
olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca
solos. Jesús les habla de una presencia nueva que los envolverá y les hará
vivir, pues los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y
estará con ellos.
Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este
mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los
ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús
resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano
y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?
Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido
sus discípulos, mientras lo seguían por los caminos de Galilea: «Sabréis que yo
estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el
fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y
nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.
Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama… yo también
lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada
día sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible
evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá
mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús?
¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?