Domingo 2 de febrero – (Lucas 2, 22-40)
Todavía hoy se da entre los
cristianos un cierto «elitismo religioso» que es indigno de un Dios que es amor
infinito. Hay quienes piensan que Dios es un Padre extraño
que, aunque tiene millones y millones de hijos e hijas que van naciendo generación
tras generación, en realidad solo se preocupa de verdad de sus «preferidos».
Dios siempre actúa así: escoge un «pueblo elegido», sea el pueblo de Israel o
la Iglesia, y se vuelca totalmente en él, dejando a los demás pueblos y
religiones en un cierto abandono.
Hay que decirlo con toda claridad. Dios, que crea a todos por amor, vive volcado
sobre todas y cada una de sus criaturas. A
todos llama y atrae hacia la felicidad eterna en comunión con él. No ha habido
nunca un hombre o una mujer que haya vivido sin que Dios lo haya acompañado desde
el fondo de su mismo ser. Allí donde hay un ser humano, cualquiera que sea su
religión o su agnosticismo, allí está Dios suscitando su salvación. Su amor no
abandona ni discrimina a nadie. Como dice san Pablo: «En Dios no hay acepción
de personas» (Romanos 2,11).
Dios se preocupa de sus hijos, aunque no pertenezcan
al pueblo elegido de Israel. Dios no se ajusta a nuestros esquemas y
discriminaciones. Todos son sus hijos e hijas, los que
viven en la Iglesia y los que la han dejado. Dios no abandona a nadie.