Domingo 23 de junio- (Marcos
4,35-40)
Los hombres preferimos casi
siempre lo fácil y nos pasamos la vida tratando de
eludir aquello que exige verdadero riesgo y sacrificio. Retrocedemos o nos
encerramos en la pasividad cuando descubrimos las exigencias y luchas que lleva
consigo vivir con cierta hondura.
Nos da miedo tomar en serio
nuestra vida asumiendo la propia existencia con responsabilidad total. Es más fácil «instalarse» y «seguir tirando», sin atrevernos a afrontar
el sentido último de nuestro vivir diario.
Cuántos hombres y mujeres viven sin saber cómo, por
qué ni hacia dónde. Están ahí. La vida sigue, pero, de momento, que nadie los
moleste. Están ocupados por su trabajo, al atardecer les espera su programa de
televisión, las vacaciones están ya próximas. ¿Qué más hay que buscar?
Vivimos tiempos difíciles, y de alguna manera hay que
defenderse. Y entonces cada uno se va
buscando, con mayor o menor esfuerzo, el tranquilizante que más le conviene, aunque dentro de nosotros se vaya abriendo un vacío cada vez más inmenso
de falta de sentido y de cobardía para vivir nuestra existencia en toda su
hondura.
Por eso, los que fácilmente nos llamamos creyentes
deberíamos escuchar con sinceridad las palabras de Jesús: «¿Por qué sois tan
cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Quizá nuestro mayor pecado contra la fe, lo que más
gravemente bloquea nuestra acogida del evangelio, sea la cobardía. Digámoslo con sinceridad. No nos atrevemos a tomar en serio todo lo que
el evangelio significa. Nos da miedo escuchar las llamadas de Jesús.
Con frecuencia se trata de una cobardía oculta, casi
inconsciente de quienes defienden el cristianismo incluso con agresividad, pero
no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del evangelio.
Entonces el cristianismo corre
el riesgo de convertirse en un tranquilizante más. Un
conglomerado de cosas que hay que creer, cosas que hay que practicar y
defender. Cosas que, «tomadas en su medida», hacen bien y ayudan a vivir, pero entonces todo puede quedar falseado. Uno
puede estar viviendo su «propia religión tranquilizante», no muy alejada del paganismo vulgar, que se alimenta de confort, dinero y
sexo, evitando de mil maneras el «peligro supremo» de encontrarnos con el Dios
vivo de Jesús, que nos llama a la justicia, la fraternidad y la cercanía a los
pobres.