Domingo 21 de junio- (Mateo 10,26-33)
Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del
miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma,
intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios
por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su
corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son
palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy
en su Iglesia.
El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la
desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser
humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un
Dios que solo busca nuestro bien.
Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las
personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida
con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de
Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y
queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación
recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa
vuestro bien».
Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha
olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver
curados: «Vete en paz. Vive bien». Era
su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os
juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera
amistosa».
Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo
hace daño, mucho daño. Donde crece
el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en
el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.
Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras
cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir
confiando en Dios. Una comunidad
donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que
hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».