Domingo
26 de enero- (Lucas 1,1-4; 4,14-21)
La primera mirada de Jesús no se dirige
al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo
primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la
humillación que padecen hombres y mujeres. Nuestro mayor pecado
consiste precisamente en cerrarnos al sufrimiento de los demás para pensar solo en el propio
bienestar.
Jesús se siente «ungido por el Espíritu»
de un Dios que se preocupa de los que sufren. Es ese Espíritu el que lo empuja
a dedicar
su vida entera a liberar, aliviar, sanar, perdonar: «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar
libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor».
Este programa
de Jesús no ha sido siempre el de los cristianos. La teología cristiana ha dirigido más su
atención al pecado de las criaturas que a su sufrimiento. Muchas veces la preocupación por el dolor
humano ha quedado atenuada por la atención a la redención del pecado.
Los cristianos no creemos en cualquier
Dios, sino en el Dios atento al sufrimiento humano. Frente a la «mística de
ojos cerrados», propia de la espiritualidad del Oriente, volcada sobre todo en
la atención a lo interior, el que sigue a Jesús se
siente llamado a cultivar una «mística de ojos abiertos» y una espiritualidad de
responsabilidad absoluta para atender al dolor de los que sufren.
Al cristiano verdaderamente espiritual
–«ungido por el Espíritu»– se le encuentra, lo mismo que a Jesús, junto a los
desvalidos y humillados. Lo que le
caracteriza no es tanto la comunicación íntima con el Ser supremo cuanto el
amor a un Dios Padre que lo envía hacia los seres más pobres y abandonados.