Domingo 11 de mayo –(Juan 10,27-30)
El mundo necesita hoy savia nueva
para vivir. Las Iglesias andan buscando aliento y esperanza. Las muchedumbres
pobres del planeta reclaman justicia y pan. Occidente ya no sabe cómo
salir de esa tristeza mal disimulada que ningún bienestar logra ocultar.
El problema no es solo de cambios políticos ni de renovaciones teológicas,
sino de vida. Estamos necesitados
de algo parecido al «fuego» que prendió Jesús en su breve paso por la tierra:
su mística, su lucidez, su pasión por el ser humano. Necesitamos
personas como él, palabras como las suyas, esperanza y amor como los suyos.
Necesitamos volver a Jesús.
Desde el inicio, los cristianos vieron que él podía guiar a los seres
humanos. Con su conocido lenguaje, el
evangelio lo presenta como el «pastor» capaz de liberar a las ovejas del
aprisco donde se encuentran encerradas para «sacarlas afuera», a un país
nuevo de vida y dignidad. Él marcha por delante marcando el camino a quienes lo
quieren seguir.
Jesús no impone nada. No fuerce a nadie. Llama a
cada uno «por su nombre». Para él no hay masas. Cada uno tiene nombre y rostro
propios. Cada uno ha de escuchar su voz sin confundirla con la de extraños, que
no son sino «ladrones» que quitan al pueblo luz y esperanza.
Esto es lo decisivo: no escuchar voces extrañas, huir de mensajes que no
vienen de Galilea. Siempre que la
Iglesia ha buscado renovarse se ha desencadenado una vuelta a Jesús para seguir
de nuevo sus pasos.
Pero volver a Jesús no es tarea exclusiva del papa ni de los obispos. Todos
los creyentes somos responsables. Para volver a Jesús no hay que esperar
ninguna orden.
¿A qué tenemos que esperar para despertar entre
nosotros una pasión nueva por el evangelio y por Jesús?