Domingo
7 de septiembre- (Lucas 14,25-33)
Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a
quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la
sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su
persona. Su discípulo ha de
subordinarlo todo al seguimiento incondicional.
No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo
de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El
que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el
anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo
generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de
ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos
pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más
fundamentales.
Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que
inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin
entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.
Estos ídolos son muy
diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad,
felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que
rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad»
hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en
aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.
La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un
camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a
Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.