Domingo 19
de octubre– (Lucas 18:1-8)
Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma
ciudad:
Un “juez” al que le faltan dos acciones consideradas
básicas en Israel para ser humano. “No teme a Dios” y “no le importan las
personas”. Es un hombre que escucha la voz de Dios y se diferencia del
sufrimiento de los oprimidos.
La “viuda” es una mujer sola. En la tradición bíblica, estas “viudas” son, junto con los huérfanos y
los extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas.
La mujer no tiene nada que ver con su rostro, se mueve
y tiene que volver a los derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario».
Cada día que vive, se conviertes en un grito: «Hazme justicia».
Durante mucho tiempo, no hay reacción en el juego. No
se deja conmover; No quiere atender a aquel grito incesante. Después de
reflexionar decide actuar, no por compasión ni por justicia, sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a más.
Los pobres no están abandonados a suerte. La
intervención final es segura. ¿Pero no tarda demasiado?
De ahí la pregunta inquietante del evangelio. Hemos de
confiar; hemos de invocar a Dios de manera incesante y sin desanimarnos; Hemos
de «gritarle» que haga justicia a los que nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe
en la tierra?».
¿Es nuestra oración un grito a Dios pidiendo justicia
para los pobres del mundo? ¿Resuena en nuestra liturgia el clamor de los que
sufren o nuestro deseo de un estar siempre mejor y más
seguros?