Domingo 22
de febrero– (Mateo 4,1-11)
Los cristianos de la primera generación se interesaron muy pronto por las «tentaciones» de Jesús. No
querían olvidar el tipo de conflictos y luchas que tuvo que superar para
mantenerse fiel a Dios. Les ayudaba a no desviarse de su única tarea: construir
un mundo más humano siguiendo los pasos de Jesús.
El relato es sobrecogedor. En el «desierto» se puede escuchar la voz de Dios, pero se puede sentir
también la atracción de fuerzas oscuras que nos alejan de él. El «diablo»
tienta a Jesús empleando la Palabra de Dios y apoyándose en salmos que se rezan
en Israel: hasta en el interior de la religión se puede esconder la tentación
de distanciarnos de Dios.
En la primera tentación, Jesús
se resiste a utilizar a Dios para «convertir» las piedras en pan.
Lo primero que necesita una persona es comer, pero «no solo de pan vive el
hombre». El anhelo del ser humano no se apaga solo alimentando su cuerpo.
Necesita mucho más.
Precisamente, para liberar de la miseria, del hambre y de la muerte a
quienes no tienen pan, hemos de despertar
el hambre de justicia y de amor en el mundo deshumanizado de los
satisfechos.
En la segunda tentación, el diablo le sugiere, desde lo alto del templo,
buscar en Dios seguridad. Podrá vivir tranquilo, «sostenido por sus manos», y
caminar sin tropiezos ni riesgos de ningún tipo. Jesús reacciona: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Es diabólico organizar la religión como un sistema de creencias y prácticas
que dan seguridad. No se construye un mundo más humano refugiándose cada uno en
su propia religión. Es necesario asumir
a veces compromisos arriesgados, confiando en Dios como Jesús.
La última escena es impresionante. Jesús está mirando el mundo desde una
montaña alta. A sus pies se le presentan «todos los reinos», con sus
conflictos, guerras e injusticias. Ahí quiere él introducir el reino de la paz y la justicia de Dios. El diablo,
por el contrario, le ofrece poder y gloria si lo adora.
La reacción de Jesús es inmediata: «Al Señor, tu Dios, adorarás». El mundo no se humaniza con la fuerza del
poder. No es posible imponer el poder sobre los demás sin servir al
diablo. Quienes siguen a Jesús buscando poder y gloria viven «arrodillados»
ante el diablo. No adoran al verdadero Dios.