Domingo 19 de Julio- (Mateo 13, 24-43)
Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para
ponerles en guardia contra una
falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la
acción discreta pero vigorosa de Dios.
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y
arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más
humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el
reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y
compleja.
Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos,
animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada
día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más
inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les
habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho
para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya
actuando, pero al modo de un grano
de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o
como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola
desde dentro.
Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros
grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con
nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes
masas o logrando el aplauso
pasajero de las muchedumbres.
El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón
oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad
más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir,
amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.