Domingo 1 de Marzo- (Mateo 17,1-9)
Todavía hace unos años era la religión la que ofrecía a la mayoría de las
personas criterios para interpretar la vida y principios para orientarla con
sentido y responsabilidad. Hoy, por el contrario, son bastantes los que prescinden de Dios para enfrentarse solos a su vida,
sus deseos, miedos y expectativas.
No es tarea fácil. Probablemente nunca le ha resultado al individuo tan
difícil y problemático detenerse a pensar, reflexionar y tomar decisiones sobre
sí mismo y sobre lo importante de su vida. Vivimos sumergidos en una «cultura de la intrascendencia», que ata
a las personas al «aquí» y al «ahora», haciéndoles vivir solo para lo
inmediato, sin apertura alguna al misterio último de la vida. Nos movemos en
una «cultura del divertimiento» que arranca a las personas de sí mismas y les
hace vivir olvidadas de las grandes cuestiones que llevan en su corazón.
El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas, está informado de
cuanto acontece en el mundo que le rodea, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo y construir su libertad.
«El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por
sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se está convirtiendo en el robot
disciplinado que trabaja para ganar el dinero, que después disfrutará en unas
vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, ve las emisiones de televisión
que todo el mundo ve. Aprende así lo que es, lo que quiere y cómo debe pensar y
vivir».
Necesitamos más que nunca atender la llamada evangélica: «Este es mi Hijo,
el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Necesitamos pararnos, hacer silencio y escuchar más a Dios revelado en
Jesús. Esa escucha interior ayuda a vivir en la verdad, a saborear la
vida en sus raíces, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar
superficialmente ante lo esencial. Escuchando a Dios encarnado en Jesús
descubrimos nuestra pequeñez y pobreza, pero también nuestra grandeza de seres
amados infinitamente por él.
Cada uno es libre para vivir escuchando a Dios o dándole la espalda. Pero,
en cualquier caso, hay algo que hemos de recordar todos, aunque resulte
escandaloso y contracultural: vivir
sin un sentido último es vivir de manera «insensata»; actuar sin
escuchar la voz interior de la conciencia es ser un «inconsciente».