Domingo 1 de junio- (Lucas 24,46-53)
Según el sugestivo relato de Lucas, Jesús vuelve a su
Padre «bendiciendo» a sus discípulos. Es su último gesto: Jesús deja tras de sí su
bendición. Los discípulos responden al gesto de Jesús marchando
al templo llenos de alegría.
La bendición es una práctica
arraigada en casi todas las culturas como el mejor deseo que podemos despertar
hacia otros. El judaísmo, el islam y el cristianismo le han dado
siempre gran importancia. Y, aunque en nuestros días ha quedado reducido a un
ritual casi en desuso, no son pocos los que subrayan su hondo contenido y la
necesidad de recuperarla.
Bendecir es, antes que nada, desear el bien a las
personas que vamos encontrando en nuestro camino. Querer el bien de manera incondicional y sin
reservas. Querer la salud, el bienestar, la alegría… todo lo que puede
ayudarles a vivir con dignidad. Cuanto más deseamos el bien para
todos, más posible es su manifestación.
Bendecir es aprender a vivir
desde una actitud básica de amor a la vida y a las personas. El que bendice vacía su corazón de otras actitudes poco sanas como la
agresividad, el miedo, la hostilidad o la indiferencia. No es posible bendecir
y al mismo tiempo vivir condenando, rechazando, odiando.
Bendecir es desearle a
alguien el bien desde lo más hondo de nuestro ser, aunque no somos nosotros la
fuente de la bendición, sino solo sus testigos y portadores. El que bendice no hace sino evocar, desear y pedir la presencia bondadosa
del Creador, fuente de todo bien. Por eso solo se puede bendecir en actitud
agradecida a Dios.
La bendición hace bien al que la recibe y al que la
practica. Quien bendice
a otros se bendice a sí mismo. La bendición queda resonando en su
interior como plegaria silenciosa que va transformando su corazón, haciéndolo
más bueno y noble. Nadie puede sentirse bien consigo mismo mientras sigue
maldiciendo a otro en el fondo de su ser. Los seguidores de Jesús somos
portadores y testigos de la bendición de Jesús al mundo.