Domingo 15 de junio- (Juan 16,12-15)
¿Es necesario creer en la
Trinidad? ¿Sirve para algo?¿Cambia en algo nuestra fe si no creemos
en el Dios trinitario?
La fe en la Trinidad cambia no solo nuestra visión de
Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que
Dios es un misterio de comunión y de amor. No un ser cerrado e impenetrable,
inmóvil e indiferente. Su intimidad misteriosa es solo amor y
comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y
existencia a todo, no hay sino Amor. Todo lo que existe viene del Amor.
El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor.
Él empieza el amor. «Solo El empieza a amar sin motivos; es más, es El quien desde
siempre ha empezado a amar. El Padre ama desde siempre y para siempre, sin ser
obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca nos retirará su amor y fidelidad. Consecuencia:
creados a su imagen, estamos hechos para amar. Solo amando acertamos en la
existencia.
El ser del Hijo consiste en
recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente», antes de
la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al
amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y también en recibir
amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor también es
divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no solo para
amar, sino para ser amados.
El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo.
Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que
el amor divino no es posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del
Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por
eso, el Amor de Dios no se queda
en sí mismo, sino que se comunica y se extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5,5). Consecuencia: creados a imagen de
ese Dios, estamos hechos para amarnos, sin acaparar y sin encerrarnos en amores
ficticios y egoístas.