Domingo 28 de enero- (Mc 1, 21-28)
El modo de enseñar de Jesús provocó en la gente la
impresión de que estaban ante algo desconocido y admirable. Lo señala el
evangelio más antiguo y los investigadores piensan que fue así realmente. Jesús
no enseña como los «letrados» de la Ley. Lo hace con «autoridad»: su palabra libera a las personas de «espíritus malignos».
No hay que confundir «autoridad» con «poder». La palabra de Jesús no proviene del poder. Jesús no trata de imponer su
propia voluntad sobre los demás. No enseña para controlar el comportamiento de
la gente. No utiliza la coacción.
Su palabra no es como la de los letrados de la
religión judía. No está revestida de poder institucional. Su «autoridad» nace de la fuerza del Espíritu. Proviene del amor a la gente. Busca aliviar el sufrimiento, curar
heridas, promover una vida más sana. Jesús no genera sumisión, infantilismo o
pasividad. Libera de miedos, infunde confianza en Dios, anima a las personas a
buscar un mundo nuevo.
A nadie se le oculta que estamos viviendo una grave crisis de autoridad. La confianza en la palabra institucional está bajo mínimos. Las palabras
están desgastadas.
¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a
enseñar como lo hacía El? La palabra de la
Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de
ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no
antes. Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del
ser humano.
Necesitamos una palabra más liberada de la seducción
del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima de
las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave
que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la
palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir con
esperanza.