Domingo 4 de Agosto – (Jn 6, 24-35)
Cuando observamos que los años van deteriorando
nuestra salud y que también nosotros nos vamos acercando al final de nuestros
días, algo se rebela en nuestro interior. ¿Por qué hay que morir, si
desde lo hondo de nuestro ser algo nos dice que estamos hechos para vivir?
El recuerdo de que nuestra vida se va gastando día a
día sin detenerse hace nacer en nosotros un sentimiento de impotencia y pena.
La vida debería ser más hermosa para todos, más gozosa, más larga. En el fondo, todos anhelamos una vida feliz y eterna.
Siempre ha sentido el ser humano nostalgia de eternidad. Ahí están los poetas de todos los pueblos cantando la fugacidad de la vida, o los
grandes artistas tratando de dejar una obra inmortal para la posteridad, o
sencillamente los padres queriendo perpetuarse en sus hijos más queridos.
Aparentemente, hoy las cosas
han cambiado. Los artistas afirman no pretender trabajar para la
inmortalidad, sino solo para la época. La vida va cambiando de manera tan
vertiginosa que a los padres les cuesta reconocerse en sus hijos. Sin embargo, la nostalgia de eternidad sigue viva, aunque tal vez se manifieste de manera más ingenua.
Hoy se intenta por todos los medios detener el tiempo
dando culto a lo joven. El hombre moderno no cree en la eternidad, y por eso mismo se esfuerza
por eternizar un tiempo privilegiado de su vida actual. No es difícil ver cómo
el horror al envejecimiento y el deseo de agarrarse a la juventud llevan a
veces a comportamientos cercanos al ridículo.
Se hace a veces burla de los creyentes diciendo
que, ante el temor a la muerte, se inventan un cielo donde proyectan
inconscientemente sus deseos de eternidad. Y apenas nadie critica a quienes
buscan inconscientemente instalarse en una «eterna juventud».
Cuando el ser humano busca eternidad, no
está pensando establecerse en la tierra de una manera un poco más confortable
para prolongar su vida lo más posible. Lo que anhela no es perpetuar para
siempre esa mezcla de gozos y sufrimientos, éxitos y decepciones que ya conoce,
sino encontrar una vida de calidad definitiva que responda plenamente a su sed
de felicidad.
El evangelio nos invita a «trabajar por un alimento
que no perece, sino que perdura dando vida eterna». El creyente se preocupa de alimentar lo que en él
hay de eterno, arraigando su vida en un Dios que vive para siempre
y en un amor que es «más fuerte que la muerte».