QUINTO DOMINGO DE CUARESMA- (Jn 12, 20-33)
Pocas frases tan provocativas como las que escuchamos
hoy en el evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere da mucho fruto». El pensamiento de Jesús es claro. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede hacer vivir
a los demás si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los otros. La vida es
fruto del amor, y brota en la medida en que sabemos entregarnos.
Hay un sufrimiento inevitable, reflejo de nuestra
condición creatural, y que nos descubre la distancia que todavía existe entre
lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Pero hay también un sufrimiento
que es fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Un sufrimiento con el que las
personas nos herimos mutuamente.
Es natural que nos apartemos del dolor, que busquemos evitarlo siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo de nosotros. Pero precisamente por eso hay un
sufrimiento que es necesario asumir en la vida: el sufrimiento aceptado como
precio de nuestro esfuerzo por hacerlo desaparecer de entre los hombres.
Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y
sinsabores. Bastaría con cerrar los ojos ante los sufrimientos
ajenos y encerrarnos en la búsqueda egoísta de nuestra dicha. Pero siempre
sería a un precio demasiado elevado: dejando sencillamente de amar.
Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede
vivir indiferente al sufrimiento grande o pequeño de las gentes. El que ama se
hace vulnerable. Amar a los otros incluye sufrimiento, «compasión», solidaridad
en el dolor. Esta solidaridad dolorosa hace surgir salvación y liberación para
el ser humano. Es lo que descubrimos en el Crucificado: salva quien comparte el
dolor y se solidariza con el que sufre.