Domingo 4 de Octubre- (Mt 21, 33-43)
Cuando el año 70 las tropas romanas
destruyeron Jerusalén y el pueblo judío desapareció como nación, los
cristianos hicieron una lectura terrible de este trágico hecho. Israel, aquel
pueblo tan querido por Dios, no ha sabido responder a sus llamadas. Sus
dirigentes religiosos han ido matando a los profetas enviados por él; han
crucificado, por último, a su propio Hijo. Ahora, Dios los abandona y permite
su destrucción: Israel será sustituido por la Iglesia cristiana.
Así leían los primeros cristianos la parábola de
los «viñadores homicidas», dirigida por Jesús a los sumos
sacerdotes de Israel. Los labradores encargados de cuidar la «viña del Señor»
van matando uno tras otro a los criados que él les envía para recoger los
frutos. Por último matan también al hijo del propietario, con la intención de
suprimir al heredero y quedarse con la viña. El señor no puede hacer otra cosa que darles muerte y entregar su viña a
otros labradores más fieles.
Esta parábola no fue recogida por los evangelistas para alimentar el
orgullo de la Iglesia, nuevo Israel, frente al pueblo judío, derrotado por Roma
y dispersado por todo el mundo. La preocupación era otra: ¿le puede suceder a
la Iglesia cristiana lo mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Puede
defraudar las expectativas de Dios? Y si la Iglesia no produce los frutos que
él espera, ¿qué caminos seguirá Dios para llevar a cabo sus planes de
salvación?
El peligro siempre es el mismo. Israel se sentía seguro: tenían las
Escrituras Sagradas; poseían el templo; se celebraba escrupulosamente el culto;
se predicaba la Ley; se defendían las instituciones. No parecía necesario nada
nuevo. Bastaba conservarlo todo en orden. Es lo más peligroso que le puede
suceder a una religión: que se ahogue la voz de los profetas y que los
sacerdotes, sintiéndose los dueños de la «viña del señor», quieran
administrarla como propiedad suya.
Es también nuestro peligro. Pensar que la fidelidad de la Iglesia está garantizada por pertenecer a la
Nueva Alianza. Sentirnos seguros por tener a Cristo en propiedad. Sin embargo,
Dios no es propiedad de nadie. Su viña le pertenece solo a él. Y si la Iglesia
no produce los frutos que él espera, Dios seguirá abriendo nuevos caminos de
salvación