EL MISTERIO DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

Domingo 7 Junio- (Jn 6, 51-58)

El Señor prepara la Eucaristía para su pueblo con los que se animan a abrir su corazón a los demás, con los que tienen un corazón de padre, un corazón como una sala grande donde todos, todos, todos, como dice el Papa Francisco, son invitados a compartir el Pan. Así quiere Jesús seguir preparando cada Eucaristía. Así sucede en cada Eucaristía cuando pedimos al Padre que «congregue a su pueblo sin cesar con la fuerza del Espíritu y que santifique por el mismo espíritu nuestras ofrendas y las acepte, convertidas en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo como sacrificio vivo y santo».

Hoy por eso a nosotros se nos pide también que hagamos como aquellas personas, hombres y mujeres que señalan caminos y que crean vínculos, porque tienen un corazón lleno del agua viva que viene del bautismo. Se nos pide que seamos hombres y mujeres que preparan la mesa para el Señor y para sus hermanos. Hombres y mujeres que creen encuentro con gestos siempre de acogida.

Todos podemos preparar la Eucaristía. Y todos hoy podemos ser aquellos signos para que otros celebren la Eucaristía. Por más cruces que tengamos, siempre podremos ser o encontrar a quien ofrezca senderos de esperanza. Incluso una cruz, incluso esa cruz que llevas, incluso un sufrimiento, ese sufrimiento que llevas, puede ser un cántaro que dé vida a otros. Recordad que fue la Cruz donde el Señor traspasado se nos entregó como fuente de agua viva.

Por eso hoy, día del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Él se queda con nosotros, pero no pasivamente, sino transformando y resucitando cuanto toca, haciendo real el paso de Dios, la Pascua en nuestra vida. Por eso hoy, cuando celebramos la Iglesia también quiere que acudamos a la Eucaristía desde un prisma especial. Desde esta tarea que hace la Iglesia de estar con aquellos con los que el Señor se queda especialmente. Hoy también queremos celebrar y mirar la Eucaristía desde toda la acción de la Iglesia a los más pobres. Sí, allí estamos todos. Y desde los más pobres, hoy, nos enseñáis a descubrir a Cristo, vulnerable en nuestro mundo, pero aquel que se da y se entrega desde su pobreza.

Miremos hoy el Corpus desde los más pobres y humildes de nuestras comunidades. Ellos hoy son los protagonistas para enseñarnos cómo mirar. Con ellos hacemos fiesta estos días: salen a las calles con flores y ellos nos ayudan a entrar en el Misterio de una forma bella y festiva. Hoy nos unimos a ellos y nos enseñan a ver el Corpus como una devoción agradecida que dice con el lenguaje de los más pobres: «Señor te necesitamos, quédate con nosotros, habita en nuestras calles, ven a nuestras casas, protégenos de la pobreza, del mal y de tanta vida complicada»

Con este sentimiento y esta necesidad, esta hambre de Dios de los más pobres, venimos a celebrar la Eucaristía porque para celebrarla lo primero que necesitamos es tener hambre de Dios. Cuando no tenemos hambre y cuando no nos sentimos hambrientos y necesitados, quizás no nos damos cuenta del Misterio que tenemos delante. No entenderemos el Misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo si no tenemos el hambre y sed de los pobres.

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Ekumene - Obra misionera
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