Domingo 13 de octubre- (Marcos 10,17-30)
El cambio fundamental al que
nos llama Jesús es claro: dejar de ser unos egoístas que ven a
los demás en función de sus propios intereses para atrevernos a iniciar una
vida más fraterna y solidaria. Por eso, a un hombre rico que observa fielmente
todos los preceptos de la ley, pero que vive encerrado en su propia riqueza, le
falta algo esencial para ser discípulo suyo: compartir lo que tiene con los
necesitados.
Hay algo muy claro en el
evangelio de Jesús. La vida no se nos ha dado para hacer dinero, para tener
éxito o para lograr un bienestar personal, sino para hacernos hermanos. Si pudiéramos ver el proyecto de Dios con la transparencia con que lo ve
Jesús y comprender con una sola mirada el fondo último de la existencia, nos daríamos
cuenta de que lo único importante es crear fraternidad. El amor fraterno que
nos lleva a compartir lo nuestro con los necesitados es «la única fuerza de
crecimiento», lo único que hace avanzar decisivamente a la humanidad hacia su
salvación.
El hombre más logrado no es,
como a veces se piensa, aquel que consigue acumular más cantidad de dinero,
sino quien sabe convivir mejor y de manera más fraterna. Por eso, cuando alguien renuncia poco a poco a la fraternidad y se va
encerrando en sus propias riquezas e intereses, sin resolver el problema del
amor, termina fracasando como hombre.
Aunque viva observando fielmente unas normas de
conducta religiosa, al encontrarse con el evangelio descubrirá que en su vida
no hay verdadera alegría, y se alejará del mensaje de Jesús con la misma
tristeza que aquel hombre que «se marchó triste porque era muy rico».
Con frecuencia, los
cristianos nos instalamos cómodamente en nuestra religión, sin reaccionar ante
la llamada del evangelio y sin buscar ningún cambio decisivo en nuestra vida. Hemos «rebajado» el evangelio acomodándolo a nuestros intereses. Pero ya
esa religión no puede ser fuente de alegría. Nos deja tristes y sin consuelo
verdadero.
Ante el evangelio nos hemos de preguntar sinceramente
si nuestra manera de ganar y de gastar el dinero es la propia de quien sabe
compartir o la de quien busca solo acumular. Si no sabemos dar de lo nuestro al
necesitado, algo esencial nos falta para vivir con alegría cristiana.