Domingo 3 de noviembre- (Marcos 12,28-34)
Hay pocas experiencias cristianas más gozosas que la
de encontrarnos de pronto con una palabra de Jesús que ilumina lo más hondo de
nuestro ser con una luz nueva e intensa. Así es la respuesta a aquel escriba
que le pregunta: «¿Qué
mandamiento es el primero de todos?».
Jesús no duda. Lo primero de
todo es amar. No hay nada más decisivo que amar a Dios con todo el corazón y
amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. La última palabra la tiene
siempre el amor. Está claro. El amor es lo que
verdaderamente justifica nuestra existencia. La savia de la vida. El secreto
último de nuestra felicidad. La clave de nuestra vida personal y social.
Es así. Personas de gran inteligencia, con asombrosa
capacidad de trabajo, de una eficacia sorprendente en diversos campos de la
vida, terminan siendo seres mediocres, vacíos y fríos cuando se cierran a la
fraternidad y se van incapacitando para el amor, la ternura o la solidaridad.
Por el contrario, hombres y mujeres de posibilidades
aparentemente muy limitadas, poco dotados para grandes éxitos, terminan con
frecuencia irradiando una vida auténtica a su alrededor sencillamente porque se
arriesgan a renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir con atenta generosidad
hacia los demás.
Lo creamos o no, día a día
vamos construyendo en cada uno de nosotros un pequeño monstruo de egoísmo,
frialdad e insensibilidad hacia los otros o un pequeño prodigio de ternura,
fraternidad y solidaridad con los necesitados. ¿Quién
nos podrá librar de esa increíble pereza para amar con generosidad y de ese
egoísmo que anida en el fondo de nuestro ser?
El amor no se improvisa, ni se inventa, ni se fabrica
de cualquier manera. El amor se
acoge, se aprende y se contagia. Una mayor atención al amor de Dios
revelado en Jesús, una escucha más honda del evangelio y una apertura mayor a
su Espíritu pueden hacer brotar poco a poco de nuestro ser posibilidades de
amor que hoy ni sospechamos.