Domingo 9 de Noviembre- (Jn 2, 13-22)
Cuando Jesús entra en el Templo de
Jerusalén no encuentra gentes que buscan a Dios, sino comercio religioso. Su
actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del
Profeta que se encuentra con la religión convertida en mercado.
Aquel Templo, llamado a ser el
lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel, se ha
convertido en lugar de engaños y abusos, donde reina el afán de dinero y el
comercio interesado.
Quien conozca a Jesús no se
extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo
de su mensaje es la gratuidad de Dios, que ama a sus hijos e hijas sin límites
y solo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.
Por eso, una vida convertida en
mercado, donde todo se compra y se vende -incluso la relación con el misterio
de Dios-, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover. Es
cierto que nuestra vida solo es posible desde el intercambio y el mutuo
servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir nuestras
relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en
vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.
Casi sin darnos cuenta nos podemos
convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino
negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su
vida todo lo que sea dar.
Es fácil entonces la tentación de
negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con
él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se
cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es
amor, y el amor no se compra. Por algo decía Jesús que Dios «quiere amor y no
sacrificios».
Tal vez, lo primero que
necesitamos escuchar hoy en la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios.
En un mundo convertido en mercado, donde todo es exigido, comprado o ganado,
solo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo, pues es el signo más
auténtico del amor.
Los creyentes hemos de estar más
atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra
medida: tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.
Quien conoce «la sensación de la
gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente
invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede
introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de
soledad, aburrimiento y falta de amor.