Domingo 25 de Octubre- (Mateo 22,34-40)
Los judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos que
debían ser observados para cumplir íntegramente la Ley. Por eso no era extraño
en los círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús en un
intento de buscar lo esencial: ¿Qué
mandamiento es el primero de todos?
Jesús responde de manera clara y precisa: «El primero es: “Amarás al Señor,
tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. El segundo es
este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que
estos». ¿Cómo escuchar hoy estas palabras fundamentales de Jesús?
Hay algo que se nos revela con toda claridad: el
amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y
derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante los demás en una
actitud de amor. Si pudiéramos actuar siempre así, todo estaría salvado. Nada
hay más importante que esto, ni siquiera la práctica de una determinada
religión.
Pero, ¿por qué el amor es la fuerza que da sentido, verdad y plenitud a la
vida? Esta centralidad del amor se arraiga, según la fe cristiana, en una
realidad: Dios, el origen de toda vida, El mismo es amor. Esa es la definición
osada e insuperable de la fe cristiana: «Dios es amor». Por decirlo de alguna
manera, aunque sea deficiente, Dios consiste en amar; Dios no sabe, no quiere y
no puede hacer otra cosa que amar. Podemos dudar de todo, pero de lo que no
hemos de dudar nunca es de su amor.
Precisamente por esto, amar a Dios es encontrar
nuestro propio bien. Lo que da verdadera gloria a Dios no
es nuestro mal, sino nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios y se sabe amado
por él con amor infinito aprende a mirarse, estimarse y cuidarse con verdadero
amor. Qué fuerza y dinamismo genera en nosotros esta peculiar manera de
entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluyen dentro de nosotros. Qué
diferente es la vida cuando la persona aprende a decir: «Señor, que se haga tu
voluntad, porque así se va forjando también mi bien».
Por otra parte, es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad
el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quien ama a Dios
sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación u
olvido de los demás. La única postura humana ante cualquier persona que
encontremos en la vida es amarla.
Lo que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien
que queremos para nosotros mismos. En unos tiempos en que parece cuestionarse
todo, es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando
sabe vivir amando a Dios y a su prójimo.