Domingo 31 de Mayo – (Juan 3,16-18)
Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan
pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no
pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que entregó
a su Hijo único».
Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las
que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es
propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No
cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.
Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y
desgracias. A nadie deja
abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual,
sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le
veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».
Dios no sabe, ni quiere, ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más
íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo,
no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él».
Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su
creación.
Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra;
está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la
opresión alentando su esfuerzo. Está
siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros
estropeamos y echamos a perder.
Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad
religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para
qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y
catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el
mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa,
recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de
Dios?