Domingo 21 de Julio- (Marcos
6,30-34)
Es gozoso para un creyente encontrarse con un Jesús
que sabe comprender las necesidades más hondas del ser humano. Por eso se nos
llena el alma de alegría al escuchar la invitación que dirige a sus
discípulos: «Venid a un
sitio tranquilo a descansar un poco».
Los hombres necesitamos
«hacer fiesta». Y quizá hoy más que nunca.
Sometidos a un ritmo de trabajo inflexible, esclavos de ocupaciones y tareas a
veces agotadoras, necesitamos ese descanso que nos ayude a liberarnos de la tensión,
el desgaste y la fatiga acumulada a lo largo de los días.
El hombre contemporáneo ha terminado con frecuencia
por ser un esclavo de la productividad. Tanto en los países socialistas como en los
capitalistas, el valor de la vida se ha reducido en la práctica a producción,
eficacia y rendimiento laboral. Lo cierto es que todos corremos el
riesgo de olvidar el valor último de la vida para ahogarnos en el activismo, el
trabajo y la producción.
La sociedad industrial nos ha hecho más laboriosos,
mejor organizados, más eficaces, pero, mientras tanto, son muchos los que
tienen la impresión de que la vida se les escapa tristemente de entre las
manos. Por eso el descanso no puede
ser solo la «pausa» necesaria para reponer nuestras energías agotadas o la «válvula de escape» que nos libera de las tensiones acumuladas,
para volver con nuevas fuerzas al trabajo de siempre.
El descanso nos tendría que
ayudar a regenerar todo nuestro ser descubriéndonos
dimensiones nuevas de nuestra existencia. La fiesta nos ha de recordar que la
vida no es solo esfuerzo y trabajo agotador. El ser humano está hecho también
para disfrutar, para jugar, para gozar de la amistad, para orar, para
agradecer, para adorar… No hemos de olvidar que, por encima de luchas y
rivalidades, todos estamos llamados ya desde ahora a disfrutar como hermanos de
una fiesta que un día será definitiva.
Tenemos que aprender a «hacer
vacaciones» de otra manera. No se trata de obsesionarnos con
«pasarlo bien» a toda costa, sino de saber disfrutar con sencillez y
agradecimiento de los amigos, la familia, la naturaleza, el silencio, el juego,
la música, el amor, la belleza, la convivencia. No se trata de vaciarnos en la
superficialidad de unos días vividos de manera alocada, sino de recuperar la
armonía interior, cuidar más las raíces de nuestra vida, encontrarnos con
nosotros mismos, disfrutar de la amistad y el amor de las personas, «gozar de
Dios» a través de la creación entera.
Y no olvidemos algo importante. Solo tenemos derecho
al descanso y la fiesta si nos cansamos diariamente en el esfuerzo por
construir una sociedad más humana y feliz para todos.