Domingo 5 de junio- (Jn 15, 9-17)
No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor». Estamos tocando aquí el corazón mismo de la fe cristiana, el criterio último para discernir su verdad. Únicamente «permaneciendo en el amor» podemos caminar en la verdadera dirección. Olvidar este amor es perdernos, entrar por caminos no cristianos, deformarlo todo, desvirtuar el cristianismo desde su raíz.
Y, sin embargo, no siempre hemos permanecido en este amor. En la vida de
bastantes cristianos ha habido y hay todavía demasiado temor, demasiada falta
de confianza filial en Dios.
Aquello que un día fue «Buena Noticia», porque
anunciaba a las gentes «el amor insondable» de Dios, se ha convertido para
bastantes en la mala
noticia de un Dios amenazador, que es rechazado casi instintivamente
porque no deja ser ni vivir.
Sin embargo, la fe cristiana solo puede ser vivida, sin traicionar su esencia, como experiencia positiva, confiada y gozosa. Por eso, en este momento en que muchos abandonan un determinado
«cristianismo» –el único que conocen–, hemos de preguntarnos si, en la
gestación de este abandono, y junto a otros factores, no se esconde una
reacción colectiva contra un anuncio de Dios poco fiel al evangelio.
La aceptación de Dios o su rechazo se juega, en gran parte, en el modo en que lo sentimos de cara a nosotros. Si lo percibimos solo como vigilante implacable de nuestra conducta
haremos cualquier cosa para rehuirlo. Si lo experimentamos como amigo que
impulsa nuestra vida, lo buscaremos con gozo. Por eso, uno de los servicios más
grandes que la Iglesia puede hacer al ser humano es ayudarle a pasar del miedo
al amor de Dios.
Sin duda hay un temor a Dios que es sano y fecundo. La Escritura lo considera «el comienzo de la sabiduría». Es el temor a
malograr nuestra vida cerrándonos a él. Un temor que despierta a la persona de
la superficialidad y le hace volver hacia Dios. Pero hay un miedo a Dios que es
malo. No acerca a Dios. Al contrario, aleja cada vez más de él. Es un miedo que
deforma el verdadero ser de Dios, haciéndolo inhumano. Un miedo dañoso, sin
fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona.
Para muchos, este puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios, que no engendra sino rechazo más o menos
disimulado, a una confianza en él que hace brotar en nosotros esa alegría
prometida por Jesús: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros, y
vuestra alegría llegue a la plenitud».