Domingo 16 de Noviembre- (Lc 21, 5-19)
Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la belleza del
templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más
profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el
reino de Dios. Por eso Jesús lo da por acabado: «Esto que contempláis llegará
un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».
De pronto, sus palabras han roto el autoengaño que se
vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una
ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión
sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren es
engañosa y perecedera: «Todo eso será destruido».
Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún
del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes
que, al acercarse a Jerusalén y
ver la ciudad, Jesús «se echó a llorar». Su
llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí.
Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más
que nadie. Llora por una
«religión vieja» que no se abre al reino de Dios. Sus
lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y al mismo
tiempo su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita
de Dios: Jerusalén –¡la ciudad de la paz!– «no conoce lo que conduce a la paz»,
porque «está oculto a sus ojos».
La actuación de Jesús arroja
no poca luz sobre la situación actual. A
veces, en tiempos de crisis, como los nuestros, la única manera de abrir
caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado aquello
que alimenta una religión caduca, sin generar la vida que Dios quiere
introducir en el mundo.
Dar por terminado algo vivido de manera sacra durante
siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes lo quieren conservar como
eterno y absoluto. Se hace «llorando», pues los cambios exigidos por la
conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia
llorando.