Domingo 8 de noviembre– (Mateo 25, 1-13)
Son bastantes las parábolas
en que Jesús repite, de una manera o de otra, el mismo mensaje: «Lo mejor que
tenéis es la esperanza. No la perdáis. Mantenedla viva. No apaguéis vuestro
anhelo de vida eterna. Esperad con el corazón ardiendo. Sed lúcidos. Nada hay
más triste que una persona “acabada” que ha perdido la esperanza en Dios».
Jesús no utiliza un lenguaje moral. Para él,
dejar que se apague en nosotros la esperanza no es un pecado, es una insensatez. Las jóvenes de la parábola, que dejan que se apague su lámpara antes de
que llegue el esposo, son «necias», pues no han sabido mantener viva su espera.
No se han ocupado de lo más importante que ha de hacer el ser humano: esperar a
Dios hasta el final.
No es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido capacidad para vivir
algo intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. Al hombre de nuestros días solo parece
fascinarle lo nuevo, lo actual, el momento presente. No acertamos a
vivir algo de manera viva y permanente sin dejarlo languidecer.
Hemos encontrado una manera más razonable y sensata de mirar al futuro.
Somos maestros en hacer toda clase de cálculos y previsiones para no correr
riesgos en el futuro. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar
nuestro nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una
vejez tranquila. Todo ello está muy bien, pero no dejamos de ser insensatos si
no reconocemos algo que es evidente: todas estas seguridades fabricadas por
nosotros son inseguras.
La advertencia evangélica no es irracional o
absurda. Jesús invita sencillamente a vivir en el horizonte de la vida eterna,
sin engañarnos ingenuamente sobre la caducidad y los límites de esta vida: «¿Qué previsiones hacéis más allá de lo visible y perecedero? ¿Dónde
pensáis encontrar seguridad cuando se desmoronen vuestras seguridades?».
Mantener despierta la esperanza significa no contentarse con cualquier
cosa, no desesperar del ser humano, no perder nunca el anhelo de «vida eterna»
para todos, no dejar de buscar, de creer y de confiar. Aunque no lo sepan,
quienes viven así están esperando la venida de Dios.