Domingo 20 de octubre – (Marcos 10,35-45)
Santiago y Juan se acercan a
Jesús con una petición extraña: ocupar los puestos de honor junto a él. «No saben lo que piden». Así les dice Jesús. No han entendido nada de su
proyecto al servicio del reino de Dios y su justicia. No piensan en «seguirle»,
sino en «sentarse» en los primeros puestos.
Al ver su postura, los otros diez «se indignan».
También ellos alimentan sueños ambiciosos. Todos buscan obtener algún poder,
honor o prestigio. La escena es escandalosa. ¿Cómo se puede acoger a un Dios Padre y
trabajar por un mundo más fraterno con un grupo de discípulos animados por este
espíritu?
El pensamiento de Jesús es claro. «No ha de ser así».
Hay que ir exactamente en dirección opuesta. Hay que arrancar de su movimiento de seguidores
esa «enfermedad» del poder, un poder que no hace sino «tiranizar»
y «oprimir».
Entre los suyos no ha de existir esa jerarquía de
poder. Nadie está por encima de los demás. No hay amos ni dueños. La parroquia no es del
párroco. La Iglesia no es de los obispos y cardenales. El pueblo no es de los teólogos. El que quiera ser grande que se ponga a
servir a todos.
El verdadero modelo es
Jesús. No gobierna, no impone, no domina ni controla, no ambiciona ningún poder, no se arroga títulos honoríficos, no busca su
propio interés. Lo suyo es «servir» y «dar la vida». Por eso es el primero y
más grande.
Necesitamos en la Iglesia
cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros
intereses, creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de
manera callada por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica, seguidores
de Jesús que «se impongan» por la calidad de su vida de servicio, padres que se
desviven por sus hijos, educadores entregados día a día a su difícil tarea,
hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio a los necesitados.
Son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Los más
«grandes» a los ojos de Jesús.