Domingo 20 de Septiembre- (Mateo 20,1-16)
Cada vez estoy más convencido de que muchos de los que se dicen ateos son
hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios, están rechazando en realidad un «ídolo mental» que se fabricaron
cuando eran niños. La idea de Dios que llevan en su interior y con la que han
vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese
Dios les ha resultado un ser tan extraño, incómodo y molesto que han
prescindido de él.
En realidad, el dios que algunos han suprimido de sus vidas es una
caricatura que se han formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese
«dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero ¿cómo puede hoy una
persona encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos
creyentes, es fácil que nos encuentre rezando, no al Dios verdadero, sino a un
pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones.
Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para
nuestro provecho, olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del
«señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y
dice así a los que protestan: «¿Vas
a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean
creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de
la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.
Lo que hemos de hacer es olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en
nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros… y
esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón.