Domingo 28 de Julio- (Jn 6, 1-15)
Para los primeros creyentes, la eucaristía no era solo
el recuerdo de la muerte y resurrección del Señor. Era, al mismo tiempo, una «vivencia anticipada de la fraternidad del
reino».
La eucaristía es signo de la comunión y fraternidad que hemos de
cuidar entre nosotros. La eucaristía tendría que ser
para los creyentes una
invitación constante a vivir compartiendo lo
nuestro con los necesitados, aunque sea poco, aunque solo sean «cinco panes y
dos peces».
La eucaristía nos obliga a preguntarnos qué relaciones existen entre
aquellos que la celebramos, pues, siendo «signo de comunión
fraterna», se convierte en burla cuando en ella participamos los que viven
satisfechos en su bienestar y quienes pasan necesidad, los que se aprovechan de
los demás y los marginados, sin que la celebración parezca cuestionar
seriamente a nadie.
A veces nos preocupa si el celebrante ha pronunciado
las palabras prescritas en el ritual. Hacemos problema de si hay que comulgar
en la boca o en la mano. Y, mientras tanto, no parece preocuparnos tanto la
celebración de una eucaristía que no es signo de verdadera fraternidad ni
impulso para buscarla.
Cuando no hay justicia, cuando no se vive de manera solidaria, cuando no se trabaja por cambiar
las cosas, cuando no se ve esfuerzo por compartir los problemas de los que
sufren, la celebración
eucarística queda vacía de sentido.
Con esto no se quiere decir que solo cuando se viva
entre nosotros una fraternidad verdadera podremos celebrar la eucaristía. No
tenemos que esperar a que desaparezca la última injusticia para poder
celebrarla, pero tampoco
podemos seguir celebrándola sin que nos impulse a comprometernos por un mundo
más justo.
El pan de la eucaristía nos
alimenta para el amor y no para el egoísmo. Nos
impulsa a ir creando una mayor comunicación y solidaridad, y no un mundo en el
que nos desentendamos unos de otros.