Domingo 30
de marzo– (Lucas
15,1-3.11-32)
No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a
Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre
increíblemente bueno. En la parábola
del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a
Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le
da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con
tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa
sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre
«se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y
lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para
ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No
parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta.
Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo
bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a
todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta
buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba
entre prostitutas paganas.
Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy
a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la
vida. Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola
central de Jesús e impide experimentar a
Dios como un Padre respetuoso y bueno, que
acoge a sus hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e
incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.