Domingo 23
de noviembre: Jesucristo, Rey del universo – (Lucas 23,35-43)
Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece entender su entrega.
Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha visto en su rostro la mirada
compasiva de Dios al ser humano.
Desde una cierta distancia, las «autoridades»
religiosas y el «pueblo» se burlan de
Jesús haciendo «muecas»: «A otros ha salvado; que se salve a sí
mismo, si es el Mesías». Los soldados de Pilato, al verlo sediento, le ofrecen
un vino avinagrado, muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: «Si tú
eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Lo mismo le dice uno de los
delincuentes, crucificado junto a él: «¿No eres el Mesías? Pues sálvate a ti
mismo».
Hasta tres veces repite Lucas la burla: «Sálvate a ti mismo». ¿Qué
«Mesías» puede ser este si no tiene poder para salvarse? ¿Qué clase de «Rey»
puede ser? ¿Cómo va a salvar a su pueblo de la opresión de Roma si no puede
escapar de los cuatro soldados que vigilan su agonía? ¿Cómo va a estar Dios de
su parte si no interviene para liberarlo?
De pronto, en medio de tanta burla, una invocación:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Es el otro delincuente, que
reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y, lleno de confianza en el
perdón de Dios, solo pide a Jesús que se acuerde él. Jesús le responde de
inmediato: «Hoy estarás
conmigo en el paraíso». Ahora están los dos agonizando, unidos
en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán los dos juntos
disfrutando de la vida del Padre.
¿Qué sería de nosotros si el Enviado de Dios buscara
su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los
crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos dejara
hundidos en nuestro pecado y en nuestra impotencia ante
la muerte?
Hay quienes también hoy se burlan del
Crucificado. No saben lo
que hacen. Se están burlando del hombre más humano que ha dado
la historia. ¿Cuál es la postura más digna ante ese Crucificado, encarnación
suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarnos de él o
invocarlo?