Domingo 28 de Septiembre- (Lucas 16,19-31)
El pobre Lázaro está allí mismo, muriéndose de hambre
«junto a su puerta», pero el rico evita todo contacto y sigue viviendo
«espléndidamente» ajeno a su sufrimiento. No atraviesa esa «puerta» que le
acercaría al mendigo. Al final descubre horrorizado que se ha abierto entre
ellos un «inmenso abismo». Esta parábola es la crítica más implacable de Jesús
a la indiferencia ante el sufrimiento del hermano.
Junto a nosotros hay cada
vez más inmigrantes. No son «personajes» de una parábola. Son hombres y mujeres
de carne y hueso. Están aquí con sus angustias,
necesidades y esperanzas. Sirven en nuestras casas, caminan por nuestras
calles. ¿Estamos aprendiendo a acogerlos o seguimos viviendo nuestro pequeño
bienestar indiferentes al sufrimiento de quienes nos resultan extraños? Esta
indiferencia solo se disuelve dando pasos que nos acerquen a ellos.
Podemos comenzar por aprovechar cualquier ocasión para
tratar con alguno de ellos de manera amistosa y distendida, y conocer de cerca
su mundo de problemas y aspiraciones. Qué fácil es descubrir que todos somos hijos e hijas
de la misma Tierra y del mismo Dios.
Es elemental no reírnos de sus costumbres ni burlarnos
de sus creencias. Pertenecen a lo más hondo de su ser. Muchos de ellos tienen
un sentido de la vida, de la solidaridad, la fiesta o la acogida que nos
sorprendería.
Hemos de evitar todo
lenguaje discriminatorio para no despreciar ningún color, raza, creencia o
cultura. Nos hace más humanos experimentar vitalmente la
riqueza de la diversidad. Ha llegado el momento de aprender a vivir en el mundo
como la «aldea global» o la «casa común» de todos.
Tienen defectos, pues son como nosotros. Hemos de exigir que respeten nuestra cultura, pero
hemos de reconocer sus derechos a la legalidad, al trabajo, a la vivienda o la
reagrupación familiar. Y antes aún luchar por romper ese
«abismo» que separa hoy a los pueblos ricos de los pobres. Cada vez van a vivir
más extranjeros con nosotros. Es una ocasión para aprender a ser más
tolerantes, más justos y, en definitiva, más humanos.